Marzo 2017 #38
Reportaje

¿Dónde veraneaban nuestros abuelos?

veraneo_abuelos_01
veraneo_abuelos_02
veraneo_abuelos_3
veraneo_abuelos_04
veraneo_abuelos_05

Hoy nos vamos de vacaciones. Hace unas décadas nuestros abuelos no se iban de vacaciones. Ellos veraneaban, trasladando su residencia durante semanas o meses a cientos de kilómetros de casa. 

Nuestros abuelos no hacían vacaciones de verano, veraneaban. En los años 60 y 70, los vuelos low-cost y las ofertas hoteleras por Internet eran pura ciencia ficción. Nuestros abuelos no viajaban, cambiaban de residencia al llegar el calor. Lo normal es que, al apuntar los primeros rigores estivales, nuestras abuelas cogieran los niños, subieran en un tren y trasladaran la vivienda a la zona de veraneo tradicional de la familia y sus amistades. Pasado el primer mes, era el abuelo quien abandonaba sus quehaceres laborales en la ciudad y se unía al veraneo familiar. El destino de las clases populares solía ser el pueblo de origen. Las clases más pudientes sentían más predilección por lugares emblemáticos de la costa española:

El Sardinero. La moda del veraneo y los baños marinos transformó la ciudad de Santander a partir de mediados del siglo XIX. La burguesía madrileña y castellana encontró en las playas limítrofes a la península de la Magdalena, el Sardinero, el lugar ideal para veranear transformando, poco a poco, la antigua ciudad pesquera en una auténtica ciudad balneario. En 1913, el rey Alfonso XII inauguró su residencia del Palacio de la Magdalena, lo que llevó a la construcción de un hipódromo, de un campo de polo y de grandes hoteles como el Real, el Gran Casino o el Gran Hotel Sardinero para acoger a la ‘corte’ que se trasladaba cada verano tras el monarca. La monarquía cayó, hubo una Guerra Civil, una postguerra y, a partir de los años 50, Santander y su playa se convirtieron en la residencia veraniega de las clases más pudientes de la antigua región de Castilla, de la que Santander formaba parte entonces.

La Concha. San Sebastián y la monarquía española están íntimamente ligadas desde que, a mediados del siglo XIX, la reina Isabel II comenzará a veranear en la ciudad para poder disfrutar de los baños en las aguas del Cantábrico. Con los años, la playa en la que se bañaba, la de la Concha, se convirtió en una de las más famosas de todo el país, especialmente desde que reina Maria Cristina, esposa de Alfonso XII, trasladara los veraneos de la corte de Santander a San Sebastián, al Palacio de Miramar, tras enviudar. Desde aquel día, la Concha se convirtió en el epicentro del veraneo de la aristocracia española, atraídos por su gran arenal y por su escasa profundidad. Una aristocracia a la que, tras la Guerra Civil, siguió la burguesía más granada del momento y, a partir de los año 60, la clase media más solvente, unos abuelos que disfrutaron de la que hoy es la segunda mejor playa urbana del mundo según la revista de viajes Travel and Leisure.

La Sierra. El Seat 600 marcó un antes y un después en la forma de veranear de nuestros abuelos. Con la llegada del primer utilitario, las clases medias descubrieron una nueva forma de veranear y nuevos destinos como la Sierra Norte de Madrid. ¿Qué atrajo a nuestros abuelos para veranear en la Sierra? Además de la cercanía a la capital, sus impresionantes parajes naturales, su valioso patrimonio histórico y unos precios razonables que animaron a muchos de los contemporáneos de nuestros abuelos a aventurarse a construir o comprar allí su segunda residencia en la que veranear y, a medida que las infraestructuras mejoraban y facilitaban el acceso, pasar los fines de semana.

De balnearios. La tradición de tomar las aguas se remonta a la época romana y ha llegado a nuestros días. No todos nuestros abuelos, sin embargo, pudieron disfrutar de sus aguas. Los tratamientos termales eran caros y no estaban al alcance de todos los bolsillos. Los que se lo podían permitir tenían un amplio repertorio en el que elegir: el bohemio Balneario Blancafort de La Garriga; el de Fitero, con su piscina al aire libre de 28 grados; el de Puente Viesgo, en Cantabria; los gallegos de Mondariz y La Toja, una de las marcas termales más conocidas de España; el de Alange, ya utilizado hace 2.000 años por las habitantes de Emerita Augusta (Mérida); o el de Mula, en Murcia, ideal para los tratamientos renales. Eran vacaciones de unas dos semanas de duración y finalistas. Lo importante no era tanto disfrutar del hotel sino los tratamientos.

Y, si no, al pueblo. Si nuestros abuelos no se podían permitir 15 días en un balneario o no tenían posibles para construirse en casa en la Sierra o las playas de la Concha o el Sardinero les pillaban muy lejos y muy caras… la solución era volver al pueblo. Si tenía playa, mejor. Y si no la tenía, ningún problema. Las vacaciones de entones eran austeras y llenas de ceremonias. Los primeros días cumplir visita a todos los miembros de las casi infinitas familias; los siguientes reunirse con los viejos amigos; y el resto disfrutar de una vida imposible en la gran ciudad y de un entorno natural que, aunque modesto, se convertía en el decorado ideal para todo tipo de aventuras veraniegas.

<< volver